10.18.2009

Tuvimos un momento, ese día. Cuando se sentó en la mesa nueve de aquel bar, al lado de la ventana mas pequeña. Me miró por tres segundos y no sé si quería que la invitase una copa. Porque ella simplemente llegó, se sacó el sombrero y se sentó. No tomó nada, no pidió nada.
Por siempre me voy a preguntar si al mirarme a través de sus pestañas largas pensó en toda una vida. O simplemente, qué hubiera pasado si me acercaba a hablarle. ¿Será que perdí una oportunidad en un millón? ¿Será que mi tren pasó y me dejó? ¿Y si en esta típica situación la hubiera tomado del brazo para que no se fuera? En vez de deleitarme a oír su llanto. Y observar su delineador caer.
En la típica imagen de la Luna de un parque, un desencuentro que duele en el aire. Si nadie vio cómo no se volvió para hablarme. Nadie presenció como no quiso gritar mi nombre al abismo. Nadie notó como no me vio morir.
¿Qué remedio el del olvido si siempre me voy a preguntar el por qué? ¿Qué remedio el olvido si nunca entenderán la simpleza de una mirada?
"Su enfermedad, mi esclavitud" diría una ex en el final de mis dedos perversos. El aleteo de sus pulmones arruinó la pantalla que mis ojos me regalaron. Ahora las mañanas sin esos tres segundos son vacíos.
Mis días duran tres segundos menos. Tres segundos menos. Tres segundos.
En el vacío que produce la ausencia de la infinidad de sus ojos me pierdo y me detengo a pensar en los mares que tendré que nadar para ver el azul de sus ojos una vez más.

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